EL ROBO DE LA PERRITA DE UN DIRECTOR DE PRISIONES

Hace poco pedí a Manuel Avilés, exdirectivo en Instituciones Penitenciarias, jubilado, y escritor (con cuyos hijos trabajé hace años con buenísimos recuerdos), que escribiera para el Blog sobre su experiencia con el robo (o secuestro) de su perrita Casilda. Desgraciadamente, el 2 de agosto, ella ha fallecido con 19 años en brazos de su padre, Manuel, por el paso inevitable de la edad. Así que publico esta historia, ahora, como homenaje a ella y por el gran amor que se tenían:

"No voy a hacer literatura. Me limito a contar lo que pasó. Heredé de un divorcio, dos perros Shih Tzu: Tobalín y Casilda. Nunca he sido “perrero”, jamás pensé tener un perro en casa, pero estos dos, desde el primer día, se pegaron a mi pierna y supe que nunca los iba a abandonar. Los dos me seguían, se alborozaban al verme entrar y, como me pasó años más tarde, salían corriendo del jardín a la puerta diez minutos antes de que yo la abriese. No sé si el olfato perruno, alcanza tantos metros o es el amor desbocado de aquellos dos peludos a quienes yo no quería en casa y se adueñaron de la mía y de mí.

Tobalín, mi Toba, era cabezota, aprovechaba cada rendija de la puerta para fugarse, era comilón y fiel. Me dejó -hecho una piltrafa ambulante- el mismo día en que nos confinaron por la pandemia. Lo llevé al veterinario porque respiraba mal, llevaba unos días que no quería andar ni salir de casa. Él, que salía más que Don Quijote en busca de aventuras para honrar y conseguir el amor de Dulcinea. Le pusieron oxigeno, le pincharon algún brebaje estimulante cardiaco, yo estaba abrazado a él en la camilla de la clínica y le decía al oído: Toba, no seas vago, venga… que esto no es nada para ti. Levántate que tú eres un valiente y me miraba, con cara de pena, como diciendo: ¿Qué más querría yo que salir corriendo y dejar esta mesa metálica en la que me estoy muriendo? 

Tardé bastante rato en poder coger el coche y volver a casa porque la hermana de Toba, Casilda, se había quedado sola. La policía local había montado un control -meses después todo el mundo hablaba de la pantomima del confinamiento- y, al ser el único coche que andaba por la carretera, me pararon. Una policía jovencita muy guapa, con cara casi angelical, se dirigió a mí educadamente y me dijo: ¿Tiene algún motivo importante para estar en la calle conociendo que estamos confinados? ¿Con qué cara la miraría yo mientras le decía: déjeme en paz que se acaba de morir mi perro? Ella no contestó a mi desplante mal educado. Fue casi un pésame su única y dolorida palabra: Continúe.

Casilda y Toba me acompañaron en todos mis destinos, aunque cuando los tuve ya había dejado el asunto etarra y estar todos los días de viaje, visitando a estos presos en una y otra cárcel. Siendo director de Palma de Mallorca venían conmigo a la oficina todas las tardes. Una noche, salí del despacho con Casilda y, al pasar por el departamento de comunicaciones, una señora gitana me dijo con su tono peculiar:  “payo, te compro el perro”. Señora, le contesté sonriendo, no hay dinero en el mundo para comprar esta perrita. Ni oro ni esmeraldas suficientes. La mujer no abrió la boca.

Tobalín faltaba en casa y todavía falta, presente años y años después. Casilda y yo lo recordamos cada día varias veces. Es inolvidable. La vida sigue y lo seguimos echando de menos como si solo hubiese  pasado un día de su marcha. 

Por la literatura, y para no cansar más de la cuenta, fui a presentar un libro a Castillo de Garcimuñoz, el pueblo en el que fue herido de muerte el segundo mejor poeta de la humanidad, Jorge Manrique -el primero es Miguel Hernández, sin duda-. Recibió un flechazo mortal en la guerra civil que mantenían Isabel de Trastámara y Juana -no entraremos, porque esa es otra historia, en por qué la llamaban la Beltraneja-. ¿Habéis leído “En busca del unicornio” de mi amigo Juan Eslava Galán? Ya estáis tardando.

Dejé a Casilda hospedada en un hotel, como corresponde a una perrita preciosa. Volví a los dos días y desde la puerta oí sus ladridos. Ella, dulce, cariñosa, desentendida y a lo suyo, sabía que su padre ya estaba allí, que la cogería y la besaría mientras continuaba con sus cosas. Las mujeres van a lo suyo, como nosotros vamos a lo nuestro. Somos bastante iguales, aunque tantos se empeñen en buscar tantas diferencias.

La señora del hotel me invitó a una cerveza y me la tomé tranquilamente para recoger luego a Casilda y salir juntos para casa. Tres minutos después la llamo y no aparece, doy la vuelta por la casa entera y no está. Busco por el jardín, por la cocina, debajo de las camas, en los armarios…  y Casilda no aparece. 

Me desespero. No lloré cuando murió mi padre ni mi madre. La muerte del primero fue sorpresiva por su juventud. La de ella esperada y casi deseada, por su edad y por esa maldición tan extendida llamada alzheimer. Casilda es otra cosa, ella es el amor silencioso, solo con que se acerque y pase el morro por tu pantorrilla sientes su ternura, su dependencia, y su amor indudable. Después de mil aventuras – la mayoría desagradables- en las cárceles, en las que jamás solté una lágrima, supe que por Casilda era capaz de llorar. Recorrí todos los alrededores del hotel, los rastrojos resecos por el calor, los caminos polvorientos en todas las direcciones, pero Casilda no estaba por allí. De sobra sabía yo que ella no se había ido sola ni por sí misma. 

Una noche, imprudente yo, cuando ella era mucho más joven, Toba y yo entramos en casa. Creímos que ella había entrado y cerramos la puerta. Tras más de una hora, cuando la echamos de menos y no la vimos dentro, abrí la puerta y allí estaba ella, paciente y tranquila, en la alfombrilla de la entrada esperando. Ella no se había ido.

Le dije a la hotelera: cuando yo entré, salió una pareja de jóvenes con una furgoneta. Esos se la han llevado. No, no, respondió ella rápido; son buenos chicos, bohemios, cantautores, poetas…. 

Me da igual lo que sean. Han visto a Casilda aquí, guapa, silenciosa, cariñosa y la han robado. Acerté de pleno. Aún me quedaban restos -como en las ruinas griegas o romanas, como en las excavaciones de Atapuerca o en las cuevas neolíticas de Piñar- de mi olfato de la época de etarrólogo

La campana salvó a este par de delincuentes, de apariencia hippie e inofensiva. Me disponía, con la misma moto con la que había venido desde Castillo de Garcimuñoz, a perseguirlos hasta donde hiciera falta. Según la hotelera su destino, tras Alicante, era Barcelona. Tuvieron suerte y se libraron porque habríamos tenido más que tiros y puñaladas. Se dieron cuenta -eran delincuentes pero no absolutamente imbéciles- de que Casilda era una abuelita, tenía 17 años. Una abuelita no les interesaba en su vida de mierda. Mucho hippie, mucha música, mucha libertad en los bajos y en todos los terrenos, pero… robaron a una perrita indefensa e inocente que estuvo varias horas pensando que su padre la había abandonado.

La dejaron en una pedanía cercana a Alicante sin llamar a nadie. Un buen hombre la recogió impidiendo que fuera atropellada o que realmente se perdiera buscando a su padre al que siempre tendía y tiende. Este hombre la llevó al veterinario de Mutxamell y él me llamó después de mirar la identificación que llevaba. 

Los hijos de p... existen, roban, maltratan o abandonan perros. Las buenas personas y los milagros también."

Mucha fuerza, Manuel. 


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Compagino mi trabajo como funcionaria A1 con mi pasión por la escritura | Jurista del Cuerpo Superior de Técnicos de Instituciones Penitenciarias | Licenciada en Derecho | Titulada en Criminología y Dirección y Gestión de Seguridad | Formación en igualdad y prevención de la violencia hacia la mujer | Cinturón Negro Taekwondo | Expresidenta de la Asociación de Técnicos de IIPP | Ponente y formadora| Amante de la lectura

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